Las personas sin hogar y el Ingreso Mínimo Vital

La puesta en marcha del Ingreso Mínimo Vital es sin duda una buena noticia para todas aquellas entidades que de una manera u otra trabajamos para solucionar problemas relacionados con la pobreza. Pero sobre todo y, fundamentalmente, es una buena noticia para las más de 2,3 millones de personas que se beneficiarán de la misma, de las que un millón está en pobreza extrema. El derecho a contar con un soporte básico diferencia a las democracias avanzadas que no permiten que ninguna persona viva en una situación de vulnerabilidad extrema.

El sinhogarismo es una de las expresiones más extremas de la pobreza y la exclusión y quienes viven en esta situación, en su amplísima mayoría, carecen de unos ingresos mínimos y estables para garantizar su bienestar. Por eso, la existencia de un mecanismo que en el conjunto del estado garantice la percepción de una renta mínima es, a priori, una buena noticia. Tal y como se señala en el preámbulo, el Ingreso Mínimo Vital no es una política dirigida a grupos o individuos concretos, sino que, atendiendo a aquellos que en un momento determinado sufren situaciones de exclusión y vulnerabilidad, protege de forma estructural a la sociedad en su conjunto. Aplaudimos esta visión global, pero no podemos negar que el sinhogarismo se asocia a algunas circunstancias que de forma sistemática y reiterada están actuando como barreras de facto para el acceso a los sistemas autonómicos de rentas mínimas. En este sentido, y lamentablemente, a pesar de nuestros esfuerzos en su proceso de definición, una primera valoración del Real Decreto Ley nos permite afirmar que el diseño de este mecanismo tiene, a nuestro juicio, algunos requisitos que pueden hacer que muchas personas en situación de sinhogarismo queden excluidas.

Leer más aquí

septiembre 15, 2020